Horas de calendario

A la 1:20 PM, el 11 de julio de 2006, la herida arde de nuevo con un temblor final y sale de mí Victoria, hoy Lucan.
 
A las 2:40 PM, un miércoles de septiembre de 1998, digo en clase que a Aristóteles hay que leerlo en la mañana y la carcajada del profesor Margot estalla con la pregunta “Entonces, ¿a qué hora hay que leer a Descartes, a Hume, a Spinoza?” 

A las 3:00 PM, de lunes a viernes, desde que tenía13 años y mientras viví en el segundo piso del almacén de repuestos de automotores, yo ponía un termo de acero inoxidable con dos litros de café sobre la mesa de los tornillos para mi abuelo, mi tío y los mecánicos. Un día de 1993 o 94, un hombre del barrio parqueó su moto dentro del almacén, cruzó el umbral del mostrador y se sirvió café. En el mezanine le pregunté a mi abuelo por qué dejaban a Piquiña servirse café como si fuera de la casa, pero él nunca me contestó. 

A las 4:05 PM, un domingo de 1981, camino con la mirada baja hasta el paradero del bus Verde Plateada ruta 3 y veo tacones rojos, negros y blancos, miro a mamá conteniendo la risa como un estornudo y los ojos rojos de rabia de mi hermano me alertan. “¿Cuál es el problema? ¿las chicas?” “¿No se da cuenta de que son hombres?” “Ah, las piernas sin afeitar, las pelucas. Pero ¿cuál es el problema?” Miro a papá. No hay rostro, no hay voz, pero sé que estaba ahí. 

A las 5:00 PM, el 4 de junio de 2012, la enfermera me obliga a yacer horizontalmente sobre la cama de parto y le indica a mi esposo cómo presionar mis piernas para que salga nuestra bebé. Jadeo mentalmente "In this country, you do not know how to help a woman give birth. This is depressing.” Y lo es por muchos días. 

A las 6:50 PM, el 28 de diciembre de 1995, me despido de Angelique y mi tobillo izquierdo recibe mi peso en los últimos tres escalones. Horas más tarde, Angelique decora con flores y mariposas el yeso que ya veo como la respuesta divina a mis ruegos por tiempo para leer literatura. En cama, leo Un hombre de Oriana Fallaci, Rayuela de Julio Cortázar, El nombre de la rosa de Umberto Eco, La historia interminable de Michael Ende y dos novelas más que ahora son irrelevantes para mí. Desde entonces disfruto la literatura sin recurrir a plegarias descuidadas. 

Poco antes de las 8:00 PM, probablemente en abril de 2007, en el seminario Novela y Violencia II, discutimos las diferencias entre los sicarios de Medellín y los de otras regiones del país, a partir de novelas sobre la violencia colombiana en la época del narcotráfico. Entendí el silencio de mi abuelo.

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