El piso de arriba
No vivía nadie en el piso de arriba cuando compramos este apartamento y por mucho tiempo nadie lo habitó. Me di cuenta de que este pequeño espacio matrimonial era un paraíso el día que lo perdí. La inquilina claramente dejaba caer monedas al piso. El tin-tin-tin-tin y el wu-wu-wu dominaban mi atención. ¿El camión de la basura? Podía ser un bajo continuo, ignorado en pocos segundos. ¿El pregón de “mazamorra y champús bien frío"? Sabía cuándo llegaría y cuánto podría durar. Lo mismo la música del salón social en el bloque de enfrente. Pero esas monedas, inesperadas, perversas, sonaban puntillosas en mi cabeza y hacían todo otro sonido inaudible. A veces, no eran monedas, sino cuentas unidas que sonaban como un escupitajo sólido al caer. Y nunca una voz. “¿Por qué no visitamos a la señora?”, sugirió Emmanuel, mi esposo, un fin de semana, particularmente tintineante. “Déjame manejar fuera de la ciudad. Salgamos de aquí, o tendremos que ir a acusarla al Comité de convivencia.” Y nos fuimos a acampar a la montaña. Susurros de hojas, palabras de pájaros, silbos entre las ramas de los árboles. Paisaje sonoro que me apacigua.
Cuando regresamos, al abrir el ascensor, escuchamos voces que bajaban por la escalera. Un gimoteo, el cuchicheo de dos hombres y el chillido de rueditas de camilla me llenaron de esperanza: No más migajas metálicas de pobre fortuna ni rosarios golpeados irrumpirían en mis tardes en casa. Mi mirada compungida por la emoción confundió a mi marido que lanzó un “Hmn” ensordecido por el arrepentimiento, la pena de la oportunidad perdida.
Mi paz volvió por unos meses. Luego, una familia la pisoteó. Con sus pasos largos y pesados, o ligeros y rápidos, puntudos y melódicos. Y llevé a Convivencia la prueba del agravio de esos inquilinos: 56 grabaciones de audio de cosas que yo no podía soportar de esa gente tan ruidosa: el arrastre de muebles de plástico, de juguetes, el rebote de balones, de dados caídos, el sexo a viva voz, la de ella, la de la cama. Nada se pudo hacer. Esa semana empezó el confinamiento y se multiplicó mi agonía. Su apartamento era una escuela. Sobre nuestra alcoba el hombre daba clases en inglés, sobre nuestro estudio, el niñito tenía clases hasta de Educación Física. Saltitos, jogging en el puesto y muchos gritos por todas las emociones posibles. Ella tenía conversaciones con padres y maestros en su comedor. Y no se pudo hacer nada porque propietarios e inquilinos, trabajadores esenciales o desempleados, todos estábamos en burbujas similares.
Emmanuel me leyó bien. Mis temores, avivados por la inquilina primera, mis celos y recelos exacerbados por los nuevos inquilinos eran inocultables. Puso una criatura de ladridos y resuellos diminutos, batidas de cola, lamidos en la cara, apaciblemente, en mis brazos. Ahora soy toda oídos aquí, a ras del piso.
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