El piso de arriba
No vivía nadie en el piso de arriba cuando compramos este apartamento y por mucho tiempo nadie lo habitó. Me di cuenta de que este pequeño espacio matrimonial era un paraíso el día que lo perdí. La inquilina claramente dejaba caer monedas al piso. El tin-tin-tin-tin y el wu-wu-wu dominaban mi atención. ¿El camión de la basura? Podía ser un bajo continuo, ignorado en pocos segundos. ¿El pregón de “mazamorra y champús bien frío"? Sabía cuándo llegaría y cuánto podría durar. Lo mismo la música del salón social en el bloque de enfrente. Pero esas monedas, inesperadas, perversas, sonaban puntillosas en mi cabeza y hacían todo otro sonido inaudible. A veces, no eran monedas, sino cuentas unidas que sonaban como un escupitajo sólido al caer. Y nunca una voz. “¿Por qué no visitamos a la señora?”, sugirió Emmanuel, mi esposo, un fin de semana, particularmente tintineante. “Déjame manejar fuera de la ciudad. Salgamos de aquí, o tendremos que ir a acusarla al Comité de convivencia.” Y nos fu...