Se enamoran de la libertad de uno
[Este es un cuento hipanocanadiense. Lo escribí para un concurso y lo gané. Creo que nunca se publicó, porque no respondí a la carta con el concepto. Ya me devolvía para Colombia y la revista publica a autores hispanoamericanos residentes en Canadá.]
Se enamoran
de la libertad de uno
Era la hora de la cena y
mientras yo servía, Canuck y mi Hispanuckita jugaban a crear palabras: “What do
you call a veggie pita?” “Pita No-meat-a”. Cosas así. Yo ponía los platos en la
mesa sonriendo por su juego y recordando el tiempo en que vivíamos sin
televisión. Juegos de palabras como ahorcado, scrabble y boggle eran la
pausa en nuestras conversaciones sobre política internacional, literatura,
utopías y planes concretos para nuestro futuro. Fue la renuencia a tener el
aparato en casa lo que me enamoró de Canuck. Con todo lo que me apasionaba ver
películas cubanas y argentinas y disfrutaba el canal de cine europeo en el que repetí
los films de Herzog y Greenaway -y me dejé abofetear por los de Lars von Trier-,
yo me adapté rápidamente a prescindir de la tele.
La recuperación posquirúrgica
de mamá trajo el televisor a nuestro cuarto de huéspedes, en el tercer año de
nuestra vida juntos. Una vez que mamá regresó a su casa, el aparatejo se quedó
en la nuestra, y entonces un nuevo Canuck surgió ante mí: el espectador de TV
shows americanos. Con él todavía no me llevo bien, sólo lo atiendo cuando
articula alguna crítica contra un programa.
Ese Canuckito televidente casi
me saca de quicio el día que me pidió mantener a la niña en su cuarto mientras
él veía su serie. La Hispanucka se durmió y yo me acomodé a ver la tele con él.
Quedé sin palabras. Sin embargo, me pareció tolerable ver varios episodios para
tratar de entender la fascinación de mi marido por la historia. Tenía que ser
la historia lo fascinante, no el montaje, el maquillaje, la iluminación o
cualquier otra cosa.
A la hora del postre los
juegos de rimas habían mutado en chistes “tun-tun”. “Tun-tun”, “¿Quién es?”
“Kinder” “Kinder qui” “SUPRISE!”. Una vez distrajimos a la Hispanuckita del
llanto ofendido que le produjo la broma, le pregunté a su padre “¿cuál crees
que es la alegoría en la historia de los caminantes?” La sorpresa para mí fue
que él no había considerado la cuestión ideológica ni se había preguntado a sí
mismo por qué le gustaba la serie. ¡Ahg!, cómo me hacía falta mi Canuck anti-TV.
Cuando fui consciente de estar
viendo un tercer episodio consecutivo, completamente interesada en tanto
corre-corre y descalabre, me propuse encontrar algo que me justificara.
Un lunes por la tarde,
mientras caminábamos a Tim Hortons le
pregunté a Canuck “¿de qué tienen hambre los caminantes?” “Pues, de gente viva.”
“Ah, eso es lo obvio y no me interesa.” “Entonces, ¿el programa te ha quitado
el sueño?” “Un poco. Es que veo la cosa como una alegoría de esta sociedad”
“¿Qué parte?” “Los muertos vivientes. Me inquieta que algo que ha muerto en
ellos es la capacidad de convivir, de vivir juntos. Creo que Weber hubiera
podido usarlos como ejemplo de lo que no es acción colectiva. Una horda de
caminantes puede perseguir a un ser humano vivo para devorarlo, pero no se
organizan para capturarlo o repartírselo, cada quien busca satisfacer su ansia
individual. Me apenan. Nadie los protege ni se preocupa por ellos y carecen de
simpatía por sus semejantes.” “Ya veo, los comparas con, digamos, empleados no
sindicalizados”. “Puede ser. En principio, con cualquier ensimismado que no se
pregunta de dónde vienen las cosas ni a dónde van a parar, que no presiente a
la gente que hay detrás de cada objeto en su mundo. Pero, en general, con todo
miembro de la sociedad de consumo que no se preocupa por los derechos humanos y
que desconoce o rechaza la solidaridad.” “Psí. Entonces, ¿crees que la falta de
vínculos sociales es la debilidad de los caminantes?” “Una de ellas, quizás la
principal, porque los hace víctimas de los que conocen sus otras debilidades.
Ningún caminante va a evitar que otro sea mutilado de una forma que lo vuelva
útil para un ser humano vivo. Ya ves, pierden la quijada y los brazos y se los
arrastra como esclavos…” “Aprieta el botón del semáforo.” “Listo.” “¿Qué me
dices de los vivos?” “Pues, eso es lo más fascinante. Están atrincherados nada
menos que en una prisión y, sin embargo, encarnan la idea de la libertad.” “¿Eh?”
“Sí, los seres humanos vivos tienen lo que a los caminantes y –según dicen, a los
ángeles- les hace falta: libre albedrío. Ellos pueden tomar decisiones y al
proteger sus vidas, protegen su libertad.” “Y tienen una comunidad.” “No en el
sentido cristiano, son más bien una comunidad inoperante, los une la finitud o
la consciencia de la finitud.” “Posestructuralismo nanciano. Cómo no.” “Los
vivos son todos tan distintos entre sí y diferentes de lo que eran antes de la
desaparición del Estado y las instituciones destinadas a regular a los
ciudadanos y a ofrecerles ciertas garantías…” “Y en ese escenario distópico la
sociedad se divide.” “Por supuesto. Y tenemos aquellas dos opciones, ser vivos
con la libertad sitiada o entes que ansían esa libertad sin conseguirla.”
“Entonces, ¿sugieres que los caminantes tienen hambre de libertad?” “Ajá. Fíjate,
una vez conocí a un hombre que acababa de salir de la cárcel. Había pagado
siete años de prisión por homicidio. Él me contó que los últimos días fueron
muy difíciles. «Se enamoran de la libertad de uno», me dijo. «Saben que en
cualquier momento uno va a salir y le buscan problemas a uno para seguir
enterrado en ese patio.» Creo que jamás olvidaré eso, porque me hizo pensar
cuán fácil es enamorarse de la condición de los demás y distraerse con ello de
la condición propia, ser infiel a uno mismo y sumarse al número de autómatas
que ha dejado de informarse, de cuestionarse, de elegir, y que añora elegir,
pero que finalmente deja que otros decidan por ellos. Es tan fácil elegir no
elegir o creer que se elige cuando no es así…” “A propósito de escogencias… me
gustaría un café grande doble-doble, pero no sé qué tipo de sándwich pedir. Hay
tantas opciones... Es que las cambian y las aumentan con frecuencia. Dime, ¿a
ti qué te provoca?” “A mí me provoca que haya justicia social, que haya
salarios que le aseguren a los trabajadores vivir dignamente, que se les
permita sindicalizarse, soñar juntos y protegerse juntos y salvaguardar el
bienestar de las generaciones venideras. Que los ciudadanos puedan tomar
decisiones informadas y no manipuladas por la complicidad de los medios con las
grandes corporaciones. Que la gente decida basándose en su condición y no en el
absurdo de beneficiar a los ricos, porque algún día ellos también pueden llegar
a serlo. Que la gente se saque de la cabeza la difundida idea de que todo ser
humano desea por naturaleza hacer dinero. Esas cosas me provocan.” “Pues, te
cuento que estamos en el lugar equivocado para calmar ese apetito tuyo. Y ese
último antojo deja al gobierno sin armas contra los canadienses.” “Je, je.”
“Sí, les deja de funcionar la amenaza ‘el dinero de los contribuyentes’…” “Jujujuy…
Hmmm. Demasiados timmies para
escoger. Prefiero ninguno. Tengo ganas de tomarme el agua de mi botella y
seguir caminando y conversando con vos, disfrutar de ti, lejos de la tele. Me
gustó lo que dijiste de los no sindicalizados.” “A mí me gusta esa consideración
tuya del caminar compartido y del elegir no elegir.”
No sólo de pan vive esta
familia, sino de las palabras que cruzamos, rimamos y traducimos al consumirlo.
Le dije a Canuck mientras colaba el café para tomar en nuestra mesa, en nuestras
tazas favoritas, “Amor, ¿qué tal unos sándwiches de maní-mantequilla?” Y los sirvió
con algo mejor, dijo: “los caminantes nos acostumbran a la idea de que hay vidas
desechables.”
21.07.13, 02.07.15
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