Perder el año, repetir el año
¿Qué es perder el año? ¿Qué es repetir el año? Como lectora.
Ayer, mi esposo me invitó a ver una nueva serie de Netflix o HBO -no atendí a ese detalle-, y decliné repitiendo algo que un compañero de la universidad me dijo 25 años atrás. “En este momento de mi vida, ya no me interesa ver televisión. Quiero leer. Resarcirme por el tiempo de la juventud que perdí frente al televisor”. En mi caso, tendría que redimirme por telenovelas y películas. Repetí muchas películas que no valía la pena ver siquiera la primera vez. Y coincido con mi amigo. Una juventud mejor llevada habría tenido más libros que televisión.
En el bachillerato, yo leía más que la mayoría de mis compañeras y se me notaba en el vocabulario. Me hacía lucir presumida. Y ese fue mi primer contacto con una actitud muy de colegio: es más fácil despreciar al que parece que sabe más, que ponerse a su altura. Tengo una carta que recibí a los 16 de un joven universitario, en la que decía que admiraba mi léxico, que le gustaba tratar conmigo porque aprendía muchas palabras nuevas. Pensé que tal vez a la gente de Manizales le interesaba más aprender que a la de Cali, porque aquí, no se veía bien saber de cosas que no se aprendían en el colegio. Recuerdo un comentario sobre mi bagaje cultural que fue más bien un híbrido de queja y disculpa: “me gusta hablar contigo porque siento que aprendo mucho, pero también siento que no lo puedo procesar”. Intensa que era. Y cómo lo hubiera sido si hubiera leído más. Pero sacada de ese contexto del colegio, mi ignorancia en todo era notable y deseaba acabarla, saber más, de cualquier cosa, de todo.
2022 es el año en el que más he leído ficción en mi vida sin ningún propósito académico o laboral. Puro placer personal. Diez novelas de Diana Wynne Jones, cinco de las hermanas Brontë, y una de Ursula K. Le Guin fueron las lecturas por primera vez. El resto fueron relecturas: cuatro de Jane Austen, una Michael Ende, una de Ernest Cline, una de Jason Reynolds, y otras más, pero las adicionales fueron relecturas más bien por trabajo, aunque las haya disfrutado. Salvo Momo, todo esto lo leí en inglés. Algunas de estas novelas las releí acompañadas de audiolibros y las escuché más de una vez. Deep Secret, Fire and Hemlock, Jane Eyre, The Tenant of Wildfell Hall y The Left Hand of Darkness. Casi todas estas pueden ser consideradas lecturas juveniles, y sinceramente me hubiera gustado leerlas antes de cumplir los 18 y estar releyéndolas ahora. ¿Quién hubiera sido yo si hubiera leído más autoras en mi adolescencia? En prólogos y entrevistas sobre Diana Wynne Jones, Neil Gaiman dice que la leyó por primera vez a los 17 y sintió que debía haberla leído siendo mucho menor. Yo también sentí como un tiempo perdido haber crecido como lectora sin conocer su obra.
Mirando atrás, 2022 fue un año ganado para mí, no solo por ponerme al día con una literatura que debió ser parte de mi adolescencia, sino porque leí y releí mucho más que en cualquier otro. Recuperé la atención necesaria para leer por horas y con ello mi confianza en mi talante lector. Casi me siento lectora profesional. Pero fue un año de alguna manera perdido porque no tuve contertulios para hablar de estas autoras y no escribí nada sobre lo que leí. Tomé notas de algunas novelas, dibujé escenas o personajes y registré unas pocas impresiones en entradas de mi diario. Pero sé que soy capaz de estructurar un pensamiento alrededor de lo leído y por eso tengo la intuición de que debo repetir el año. Volver sobre lo que más me ayudó a crecer como lectora y escribir, finalmente. Quizás en la escritura me encuentre a mí misma como interlocutora y gane compañía para discutir sobre autoras de distintas épocas.
Pero, ¿cómo hacerlo cuando leer solo anima a leer más y a enfrentar lo desconocido? ¿Y qué lenguaje usar al escribir sobre lo que se lee? ¿El de la mirada adolescente de mi experiencia lectora en mi segunda lengua? ¿El de una lectora in her forties? ¿El de una lectora con alguna experiencia literaria aunque no en la lengua inglesa? ¿El de una maestra? ¿El de una crítica literaria?
El sábado acompañé a mi hijo a entrevistar a Patricia Aguirre, escritora, dramaturga, poeta y gestora cultural. Él se defendió muy bien en la entrevista. Patricia no se dedicó a responder, sino a mantener una conversación sobre Dungeons & Dragons, el proceso creativo y la gestión de emociones. Una intención didáctica tenía ella, no solo enseñarle cómo hacer una entrevista, sino también despertar la metacognición sobre su proyecto, llevarlo a reconocer y cuestionar cómo ha pensado hasta ahora. La entrevista se dañó cuando Patri me miró no como camarógrafa, sino como interlocutora y se nos subió el discurso crítico literario. Perdimos al entrevistador: una mirada enorme, enmarcada en delineador y el gesto de la mano como hacha cortando el cuello terminaron con la grabación, pero no con la conversación que lo excluía. Para cerrar la visita, Patricia le preguntó si había sido útil la charla y él reconoció que quería poder entender todo lo que decíamos y que la entrevista le había abierto el apetito de saber.
Aún no sé cómo abordaré este año repetido, este tiempo de relecturas sobre las que quiero escribir. Como traductora, sé que mi apuesta es hacer los discursos de otra lengua accessibles, pero como escritora, mi discurso puede serlo, o no. Dar de leer con pasos sencillos o complejos puede tener el mismo efecto. Depende del apetito de quien lee.
Veremos qué pasa.
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