¿Halagos?

     Deben ser las imágenes de Grecia. Postalitas de tanta luz y roca mediterránea. Luz. Me gustaban las conversaciones sobre Platón y Aristóteles por la mañana. Sus filosofías iluminaron una edad en mí. ¿Cómo leer? ¿Cómo escribir? ¿Cómo preguntar? En ellos estaban las respuestas. En ellos estaban la claridad, la simplicidad, el orden, la belleza. Por supuesto, esto fue antes de leer sobre Diógenes, el hombre de palabras inéditas que le puso a mi imagen de Asia Menor una sonrisa delirante.

    La luz de la mañana caleña bruñía los cabellos canos del profesor y hacía agradable su acento francés. A menudo ensoñaba nuestras clases como conversaciones al ritmo de una caminata, como imaginaba que hacían los peripatéticos. Pero yo andaba en busca de “cómo hacer” y cuando el profesor anunció que nos leería un comentario de texto para indicarnos lo que él esperaba de nuestros trabajos, puse los pies en la tierra (es decir, descrucé las piernas) y cerré los ojos para escuchar mejor.  De pronto, todo lo que presentía era el color azul del papel, la tinta de gel azul violeta y mi grafía a medio camino entre formalidad e intimidad. Recordé a Julián Palau contándome que los estudios de filosofía le habían ayudado a escribir mejor, por fin su caligrafía era legible, pero le habían acortado la capacidad de dibujar. Este desvío me llevó al recuerdo del último día que intenté escribir poesía: el de mi primera clase de filosofía presocrática. Consideré que por el lado de la poesía jamás influiría a nadie, ni siquiera yo quería volver a leer mis papeles. Además, en ese preciso momento se me revelaba una posibilidad más interesante que la escritura privada. Descubriría cómo escribir para ser leída.


    François nos dio mi texto. Ampliado con observaciones que yo sentía como halagos: “Ella introduce en este párrafo tres ideas y después profundiza cada una en un párrafo independiente” y más apuntes de este tipo. Nos descubría una arquitectura que no había precedido conscientemente a mi comentario. Mi trabajo escrito era el modelo. Mi tarea les mostraba a mis compañeros “cómo hacer”. Una voz distinta a la mía hacía pública mi escritura. Entonces mi orgullo flotó, serenamente, como disfrutando de una inmensidad de agua y luz. 


2015, 2018


¿De qué experiencia depende nuestra relación con la escritura? Supongo que para todos es igual: el momento en el que uno existe para otros como escritor, así no sea de ficción.

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