Anteojos y páginas

 

Uso gafas desde los siete años. Mi papá descubrió que las necesitaba cuando me pidió leer una tira de Beto el recluta y yo entrecerré los ojos para enfocar. Me explicó un optómetra que muchos miopes viven entre libros, porque prefieren lo que pueden acercar a los ojos a lo que no pueden alcanzar con ellos. Y yo sí me acerqué a los libros, pero creo que fue más por otra de mis características físicas: soy alta. Desde que empecé la primaria era más grande que mis compañeros y a nadie le hacía gracia andar con una niña “tan grande y en primero”.

La soledad del colegio no era menor que la soledad en la familia. Con un hermano y tres primos no siempre se comparten los juegos, así que yo pasé mucho tiempo de mi infancia frente al televisor y viendo imágenes en los libros de mi papá, quien tenía fascinación por las enciclopedias. Pero muchos de esos libros, sobrevivientes de su vida en las Antillas, estaban en inglés. Así que, aunque ya sabía leer en español, apenas podía maravillarme con las imágenes de criaturas rarísimas, lugares extraños y texturas desconocidas que habitaban esos grandes volúmenes sobre animales, geografía y hasta fotografía.

Ese vagar entre libros de pasta dura y hojas fuertes y luminosas era un placer solitario. Como solitaria y silenciosa eran las lecturas de papá y de mi abuelo materno, las dos figuras familiares que me acercaron a los libros. A mi papá verdaderamente lo vi leer. Tenía en su biblioteca una colección de novelas de vaqueros, que todavía me hace sonrojar, pero lo recuerdo (o ensueño con él) leyendo novelas caribeñas. Sus ojos aumentados por las gafas de astigmático, recorriendo página a página El otoño del patriarca, son una imagen que me conmueve hasta las lágrimas.

Por su parte, mi abuelo me engañó involuntariamente durante años. Se recostaba en la cama con uno de sus pesados libros de hierbas medicinales o con un periódico y pasaba horas inmóvil. Lectura profunda suponía yo su siesta vespertina. Descubrir, gracias a un ronquido, que no leía no borró mi percepción de que mi abuelo era un lector y de que leer en soledad es pasarlo bien. Y yo disfruté las ilustraciones de sus libros, que sí pude leer un poco, aunque no me interesaban mucho las plantas.

Disfruté más las enciclopedias en español, la Vergara y la Lexis 22 que tenía más de 22 tomos no sé si por la satisfacción de leer unidades tan cortas como definiciones y mini biografías, o por la firmeza de sus cubiertas y el brillo del papel. Sin embargo, mi enciclopedia favorita era mi papá. La primera fuente de información para mis tareas era él, como para los jóvenes de hoy es Google, y era muy raro que él no supiera de algo que yo le preguntara. Antes de ir al Aristos, al Larousse, o al Appleton, si era el caso, le preguntaba a papá por las palabras desconocidas y si él no sabía, me mandaba a buscar en un diccionario, o en tal o cual tomo de una de las enciclopedias. Si mi curiosidad o interés por una palabra desaparecía, el de mi papá no, ya era suya la incógnita y me preguntaba al rato qué había encontrado. No tuve manera de ser indiferente ante las palabras que no eran cotidianas.

Otra de las preferencias de mi papá que se convirtió en una de las mías durante la adolescencia, eran las revisticas de Selecciones (Reader’s Digest Magazine). Narraciones cortas, chistes, adivinanzas: todo en un volumen. Esta publicación me mantenía más interesada en la lectura que los libros asignados en el colegio, y solo me despedí de ella cuando llegué a la universidad, donde, por los laditos, empecé a ponerme al día con lo que debí haber leído en el bachillerato.

Y fue en la universidad donde aprendí a leer de más de un modo, porque cada disciplina tiene el suyo y yo pasé por dos facultades y tres departamentos. En fotocopias, en libros de la biblioteca y en mis propios libros emprendí paseos que aún no termino por las teorías sociales, la historia de la filosofía y la literatura hispanoamericana. Visitas y estancias que no son suficientes para mi curiosidad aristotélica, una que revela mi naturaleza humana, apasionadamente intelectual, y por intelectual, filosóficamente feliz.

Ahora mi vida y mis títulos me definen como madre y maestra, no puedo verme a mí misma de otra manera, y en esas dos formas de ser vivo lo que más me gusta hacer: leer y traducir. A pesar de ser profesora de usos académicos de la lengua castellana, la lengua materna de mis hijas es el inglés, entonces, cuando leo en español para ellas, muchas veces termino traduciendo. En la universidad, mi tarea es formar a los estudiantes en la escritura y oralidad académicas, a partir de sus propios intereses, lo cual me lleva a leer sobre los temas que ellos escogen para escribir y discutir. Por eso, los textos, como el pan diario, no me faltan.

La presbicia no desanima mi curiosidad, mi deseo de conocer de todo un poco, para acercarme ya no a un saber enciclopédico, sino a la posibilidad de una buena conversación con otros lectores. Ahora muchas de mis lecturas son compartidas y en voz alta. Me encanta que así sea. Leo para mí y para otros en los formatos que puedo, pues, cuando las mudanzas han desnudado las paredes de libros, han puesto otros en mis manos, en dispositivos electrónicos, y adaptándome a lo que se acerca, me preparo para reconocer –como sugería Heráclito– a lo inesperado cuando llegue.


Maritza Montaño González

Cali, 14 de noviembre de 2018

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